miércoles, 27 de febrero de 2013

Componer y cantar: la ganancia de un legado


Cuando la maestra Inés Granja lleve a su natal Timbiquí La voz de la marimba (La Distritofónica, 2012), tal vez muchos se confundan y crean que el Ministerio de Cultura la premió el año pasado por haber grabado su primer disco como solista. Ella, que no recordará el nombre tan largo del premio, sabrá que no se trata solo de un disco, sino de toda una vida desarrollando un arte. Y se lo dedicará otra vez a Dios, por haber aliado a la fortuna con su persistencia, para cumplirle sueños que ni siquiera llegó a vislumbrar.

Esta cantadora y compositora caucana resume tal fortuna en dos momentos clave para su vida artística. Uno fue el Festival Petronio Álvarez, que la ha premiado por su interpretación vocal, por sus composiciones y por los grupos de los que ha sido parte. Pero los reconocimientos del Petronio tienen que ver más con el público que con los jurados. El carisma, la voz y las letras de Inés Granja han hecho que más de 120 mil personas gocen, bailen y canten sus temas por todo el Pacífico. Allí, “Sube la marea”, “La memoria de Justino” y “Mi canalete”, por mencionar solo algunos, son ya parte de la cultura, como si hubieran sido cantos aprendidos y heredados por los antepasados y no compuestos por ella, quien los grabó con Socavón y con Canalón, los grupos de marimba más visibles hoy por hoy. Otros temas emblemáticos como “Que baile el abuelo”, “A navegá” y “Marimba eh”, los grabó con su grupo Santa Bárbara de Timbiquí en el disco Dejando huellas (2002). El Festival, entretanto, le trajo también el encuentro con Juan David Castaño, director del grupo de marimba urbana La Revuelta, con quien inició un proyecto que luego de varios años de gestión, hoy hace visible el trabajo de la Maestra en conciertos, talleres y entrevistas, así como en el álbum que lanzaron este año.

El otro evento definitivo en su suerte fue el programa “Componga, cante y gane”, que se transmitió en la televisión nacional hace más de treinta años. Ella lo veía con el fervor que le ha despertado siempre la música. Preparaba el desayuno y el almuerzo a la vez para no perdérselo a las 11:00 y un buen día, la inspiración le vino a través de un joven bolivarense que ganó cantando su propio vallenato. “Si él puede, por qué yo no”, y se sentó a escribir su primer tema, el vallenato “Corazón sangrante”, que le sirvió para encaminarse en las sendas de la composición, recorridas por muy pocas cantadoras. Pero lo suyo no es ni el vallenato ni el drama, sino el bunde, el currulao y la juga, aires de la música de marimba; lo suyo son los cantos que evocan a los ancestros, que acompañan las tareas de remar, de pescar y de limpiar las ostras, de cortar o moler la caña y de alabar a los santos. El cuaderno de composiciones, del que hoy doña Inés se precia porque le da para escoger, se inauguraba apenas y su región, africana incluso en la diversidad pasmosa, no dejaría de inspirarla.

Pero no solo a pescado y a sal huele el Pacífico; desde hace años huele además a pólvora. Esto ha motivado a la Maestra a componerle también a lo que cuentan las noticias y a las historias sobre las que prefiere no ahondar en el diálogo. Al mencionar los retenes que son parte de la cotidianidad en poblaciones a las que se llega solo a través de la selva y del manglar, ella enuncia como “los dueños del mundo” a quienes regulan armados los tránsitos del río. En vez de usar con descuido las palabras en la charla, compone sobre aquello que oprime la garganta. “Baila negro”, por ejemplo, es un tema que deja ver a una compositora osada y versátil que, acompañada de marimba, guasás, cununo y bombos (instrumentos propios de los cantos de marimba), canta acerca de un presente complejo y censurado, sin que la intimide la novedad del contrabajo y del Hammond, tal como se grabó en La voz de la marimba: Negro pa dónde te vas/ del campo pa la ciudad/ que por culpa de la coca/ ya no vivimos en paz/ Aunque me saquen del campo/ yo no lo voy a olvidar.

“¿Qué haces tú cuando tienes algo con lo que no puedes?”, me dice: “pues le compones algo, una copla, un poema”. Ahora que los medios vuelven a hablar de un proceso de paz, la Maestra prepara una composición alusiva, que tal vez le negó el primer puesto a tema inédito en el Petronio cuando cantó “Queremos la paz” en 2010, “porque al Festival no le gusta mucho la protesta, solamente el folclor”: Chávez, Correa y Santos/ yo les pido más prudencia/ que si Bolívar viviera/ moriría de vergüenza. (…) le exigimos más respeto/ para el pueblo colombiano/ también vamos a pedir/ respeto por las fronteras/ tres países diferentes/ con una sola bandera. Cuando terminó de cantar, la gente siguió coreando. Inevitable: el premio a mejor intérprete vocal fue suyo.

El Premio por su Dedicación al Enriquecimiento de la Cultura Ancestral de las Comunidades Negras, Raizales, Palenqueras y Afrocolombianas del Pacífico Sur Colombiano que le otorgó el Ministerio, no solo exalta su voz y su creación. Además de haber liderado en Timbiquí dos agrupaciones de música de marimba y el coro de la iglesia, trabajó muchos años en la Casa de la Cultura, en dos ocasiones como directora y, a sus 61 años, continúa la formación de innumerables aprendices de canto tradicional y de danzas folclóricas, de todas las edades y de muy distintas regiones. En 2009, la Maestra fue contratada por Unicef para viajar como gestora cultural a López de Micay, una población a la que se llega luego de un día entero en lancha desde Timbiquí, cargándola por tramos al lado de abismos en tiempo de sequía, como cuando ella fue. Muchos grupos de música y de baile tradicionales se conformaron con su visita.

Al año siguiente, la Unesco declaró la marimba de chonta y los cantos de marimba patrimonio inmaterial de la humanidad. Como parte de la promoción institucional de esta declaración, el Ministerio de Cultura escogió a la Maestra para que su imagen y su voz hablaran al mundo de la riqueza viva que puebla el litoral Pacífico, donde cada caserío tiene una manera de tocar los instrumentos, una cocción propia para diversos platos, y una forma intensa de velar a los muertos y de arrullar a los santos. Escuchándola entregada a hablar de lo que se acostumbra en su tierra, en respuesta a preguntas sobre su vida, uno comprende que el patrimonio subsiste en los cantos de boga, por sí mismo, si los pescadores pueden continuar reuniéndose; si no hay suma que pague el mundo.

Mucha agua ha corrido del río al mar. En 2011, la Maestra fue invitada a Brasilia para cantar en un festival de músicas tradicionales. Pese a la admiración que le profesan los músicos que la conocen, para ella cantar en Bogotá o en el exterior no es sinónimo de fama: “yo estoy sembrando aquí un conocimiento, mostrándole a la gente cómo es la música del Pacífico, así los que vengan en el futuro ya vienen es a cosechar”. Asociarse con Juan David y con Julián Gallo en el proyecto La voz de la marimba ha sido posible porque ella ha sabido integrar a su saber campesino y a su mística del canto, las exigencias que conlleva producir música y vivir en la ciudad.

Cocina tapaos de vez en cuando. En su día a día, camina por Suba, ve televisión o visita a una paisana suya y le colabora en su restaurante de mariscos. Me recibe en chanclas, una mañana muy fría en la que me cantó para cada cosa que quiso explicarme de su vida, y su voz fue para mí una caricia, un abrazo muy entrañable. Sonrió sin reservas toda la mañana, igual que en el León de Greiff durante el Festival Distritofónico el año pasado. Allí, cantó invitada por La Revuelta y luego, sin reparos, se quedó haciéndoles coro a muy jóvenes cantantes citadinas. Así se acostumbra en su tierra: cuando una compañera tiene labor, la otra va y le ayuda. La Maestra mantendrá su agenda de talleres y de conciertos en Bogotá, donde seguirá “hasta que Dios lo permita”.

Por: Lucía Hernández


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