viernes, 8 de febrero de 2013

Los Pirañas: vanguardia tropical

En 2010, la agrupación Los Pirañas lanza su primer trabajo discográfico, Toma tu jabón Kápax. La propuesta, que surge como parte de la llamada Nueva Música Colombiana (NMC) –desarrollada, a su vez, según la lógica comercial de la world music (Santamaría, 2007)– muestra, sin embargo, un alejamiento de los compromisos estéticos comunes a los trabajos que pertenecen a este movimiento. Aunque no es el único que evidencia el desapego a este paradigma, Los Pirañas constituye, a nuestro modo de ver, el caso más representativo de tal empeño. Para comprender esto, miremos brevemente el desarrollo de la NMC, algunos de los compromisos estéticos que la caracterizan y el modo en que esta banda bogotana se aleja de ellos con su propuesta.

En los años noventa, el desencanto por el sueño no realizado de un rock nacional llevó a los músicos jóvenes a mirar las tradiciones musicales de su contexto. Así, el vallenato se mezcló con el pop y el rock en la propuesta de Carlos Vives que, posteriormente, impulsó una serie de proyectos que dieron lugar a lo que ahora se conoce como ‘tropipop’. Luego, varias propuestas independientes comenzaron a apropiarse de otros ritmos nacionales, forjando así un movimiento denominado NMC que logró institucionalizarse a través del I Festival BAT de la NMC. Este movimiento heterogéneo se puede dividir en tres grandes tendencias: las dos primeras, asociadas al notable trabajo del colectivo La Distritofónica, consisten por un lado en una propuesta desde el jazz (Primero mi Tía, por ejemplo) y, por otro, en las apuestas que experimentan con la música tropical bailable. La tercera, más comercial, es la que sigue los parámetros del ‘tropipop’ y es la que ha venido marcando el sonido más popular de la NMC. Es claro que esta etiqueta, que resulta tremendamente excluyente con otros músicos colombianos, se utiliza para referirse a propuestas que retoman ritmos tradicionales patentes en sus trabajos.

Como lo indica Carolina Santamaría (2007), la NMC no sólo se enmarca dentro de un proyecto multicultural de nación fundado a partir de la Constitución de 1991, sino también en el movimiento de la world music (WM). En los años noventa, la industria musical comenzó a prestar atención a un nuevo mercado de disqueras independientes que grababan músicas locales provenientes, en su mayoría, de países no desarrollados. Esto dio origen a la etiqueta comercial de la WM. Se le ha imputado a esta industria la práctica de una nueva mirada colonialista, un canibalismo musical (véase al respecto el caso Paul Simon/Olodum en: Carvalho, 2003), en el que músicos del primer mundo, con actitudes de reivindicación, rescatan músicas locales con un ánimo menos altruista que comercial. Así, se creó un mercado que construyó un tipo de oyente ideal cuyo gusto se inclina por el exotismo y el coleccionismo cultural. En este encuadre, la WM generó una serie de compromisos estéticos de los que mencionaremos los dos más sobresalientes que aparecen frecuentemente en las propuestas de la NMC: el fetiche (Carvalho, 2003) y la simplificación.

El fetiche, base de la exotización cultural del otro, consiste en la inclusión de bloques musicales tradicionales o folclóricos dentro de una pieza no tradicional: incluir un acordeón, una gaita o un bloque de tambores dentro de una pieza pop, por ejemplo. La pieza, en este sentido, se convierte en una vitrina que muestra fragmentariamente al otro extraído de su contexto originario. Por su parte, la simplificación resulta de la reducción de las características de la música tradicional para hacerla ligera, fácil y digerible para un oído no acostumbrado a ella. La reducción instrumental y rítmica y la inclusión de clichés culturales o nacionalistas en las líricas son ejemplos de este procedimiento discursivo.

La vertiente más comercial de la NMC desarrollada en la última década tiende a caer en este tipo de compromisos estéticos en sus propuestas. Sidestepper, Pernett, Bomba Estéreo, Tumbacatre y Systema Solar, son casos en los que la NMC se exhibe a través de esta exotización, siguiendo el modelo impuesto por la WM. Sin embargo, en la actualidad comienzan a verse propuestas que marcan un derrotero diferente que se distancia también del camino del jazz: Curupira (los precursores), Monareta, Tambores del mar y Frente Cumbiero son casos de este nuevo aire en el que se inscribe Los Pirañas. Y si las propuestas comerciales dieron primacía al vallenato, las otras parecen encontrar en la cumbia un camino de exploración fértil. El vacío que dejó aquí la cumbia en los años ochenta y noventa, en comparación con otras partes de Latinoamérica, viene a ser subsanado por algunas de estas propuestas.

Los Pirañas es un proyecto que surge como fruto de una larga compañía musical y académica entre Eblis Álvarez (guitarra y electrónica), Mario Galeano (bajo eléctrico) y Pedro Ojeda (batería y timbal). Vale la pena rescatar que Galeano y Álvarez pertenecieron al Ensamble Polifónico Vallenato, ineludible antecedente de la propuesta ruidista de Los Pirañas, y tanto ellos dos como Ojeda fueron miembros del Frente Cumbiero, destacado impulsor del renacimiento de la cumbia colombiana. El espíritu que hay detrás de Toma tu jabón Kápax radica en la riqueza musical que los integrantes reconocen en la música tropical bailable colombiana que, promovida desde los años sesenta, entre otros, por Discos Fuentes (Andrés Landeros, Pedro Ruiz, Corraleros de Majagual, Wganda Kenya, Afrosound, etc.), desembocó en el movimiento de la cumbia continental del que, sin duda, Los Pirañas es un descendiente legítimo. Con fuertes transformaciones y apropiaciones, la propuesta retoma de la cumbia peruana la guitarra del rock surfista californiano que llegó a Lima a través del pacífico en los años sesenta , el cual fue reinterpretado por el ‘sonido amazónico’ de Los Mirlos; así mismo, de la cumbia mexicana, se recupera la experimentación electrónica, ruidista y, por supuesto, los ritmos rebajados.

Los Pirañas es una propuesta basada en la improvisación en escena y, por eso, hablar de ella es hablar necesariamente de música hecha en vivo, como se evidencia también en el disco. Este hecho sugiere el profundo conocimiento de las fuentes musicales que los músicos ponen en juego en el escenario. Según Pedro Ojeda, un principio que rige su propuesta es el minimalismo: la elección de pocos elementos -que no deben confundirse con elementos simples- que se desarrollan a partir de la repetición y la variación buscando, como en la música ritual, la inducción al trance, que no es otro que la respuesta dinámica y emocional del público: el baile. En la estructura de sus composiciones, el bajo pone el piso rítmico de las piezas en una estructura cíclica y, junto con la batería, dosifica la intensidad de la pieza. El complejo trabajo de percusión se abre a una exploración constante de variaciones sobre el mismo patrón y, en no pocas ocasiones, toma el protagonismo instrumental. Los dos instrumentos construyen el espacio de desarrollo de la pieza y son los responsables de su carácter tropical y bailable.

La acertada ausencia de un cantante tiene en la propuesta de Los Pirañas dos consecuencias. La primera es, siguiendo a Mario Galeano, incitar al público a concentrarse en la música y no en la guía escenificada de un animador; la segunda, que en la guitarra y la electrónica que aquí van de la mano recae la construcción de la dimensión lírica. Mientras la batería y el bajo otorgan la base de las piezas, la guitarra y la electrónica van por encima, encargadas de la melodía. Una melodía ruidista y psicodélica que tiene como función imprimir el tinte afectivo de sus piezas: a veces infantil, a veces festivo, a veces dramático. En ocasiones, la electrónica emula una voz, una carcajada, un grito; otras veces, trata de ser gaita, pito, clarinete, en oblicua referencia a una tradición.

Con todo esto, la propuesta de Los Pirañas se aleja claramente de los compromisos impuestos por la lógica de la WM. En primera instancia, no hay un afán de presentar sus piezas musicales como vitrinas. Aunque las alusiones musicales y las citas son intrincadas y numerosas, no están allí para la referencia coleccionista, sino para la construcción de piezas que mantienen la unidad y la cohesión que la NMC tiende a olvidar en su afán de articular fetiches. De igual manera, no hay una simplificación de los elementos musicales de las tradiciones a las que apela su música: de hecho, lo que hay, más bien, es una inmensa exploración y una búsqueda constante de las posibilidades expresivas de la música tropical. Se podría decir, incluso, que el trío de Los Pirañas, sin querer y sin buscarlo, pues su derrotero está marcado por la música tropical, parece encontrar aquel sonido que el rock nacional no ha podido definir, esto es un sonido que se ubica entre la espada del mercado y la pared del movimiento roquero antitropicalista.

De esta forma, a pesar de la lógica comercial de la WM, existen propuestas de la escena independiente que trazan un sendero más acorde con la riqueza musical del país y de la región que permite su continuidad. Y aunque en el río de la NMC se evidencia que la simplificación y el fetiche son una manera efectiva para la explotación comercial de tal riqueza, Los Pirañas, creemos, nadan a contracorriente a buen ritmo.


Por: Germán Serventi



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