sábado, 6 de abril de 2013

Matik-Matik: cinco años en la escena


Solo los curiosos y aquellos que no se conforman con lo que a voces les grita la ciudad, habrán reparado en que sobre la carrera 11 con calle 67, y desde hace cinco años, un discreto lugar ofrece una carta única en Bogotá. Tras sortear un viejo volkswagen en la entrada, un portón de madera da ingreso a un primer ambiente rojizo, donde viejos cadáveres de pianos son animados de cuando en cuando por el espíritu de John Cage. Atrás de la barra, se ve la deliciosa colección de rones y vodkas de la casa, arreglados con frutas y especias exóticas. Al fondo del local, en una gruta oscura coronada con luminosas estalactitas, casi a la misma altura del público está la tarima. Es la tarima de Matik-Matik, donde se ha pensado, ensayado, jugado e improvisado buena parte de la escena de música experimental en Bogotá. Una tarima que cumplió en marzo de este 2013 cinco años de vida. 

Una revisión de lo que se ha programado sobre su tablas a lo largo de estos años dejaría ver que allí casi todo género y estilo ha tenido un lugar: jazz, improvisación libre, rock, electrónica, electroacústica, afrobeat, músicas tradicionales, música contemporánea, música de cámara, noise. Pero no se trata de un sitio crossover, cada género que entra en escena lo hace siempre con ese aire al que nos ha ido acostumbrando desde sus inicios Matik-Matik: la música como una experiencia en la que priman la curiosidad, la escucha y el disfrute. 

Para celebrar este primer lustro, encontramos justo hacer un repaso por su historia. Aunque cinco años parecieran hablar de infancia, en la escena musical independiente en Colombia hablan más bien de una respetable madurez. Matik se ha convertido a lo largo de estos años en el lugar privilegiado de la música independiente en Bogotá, no solo por ofrecer su espacio a los músicos, bandas y proyectos que difícilmente tienen cabida en una ciudad llena de lugares comunes, sino, sobre todo, por la función que ha cumplido en la conformación y consolidación de una escena musical  dinámica, osada y nutrida. 

Por supuesto, Matik no es el primero de los espacios que ha impulsado el actual movimiento de música independiente. Hacia el año 2000 ya funcionaba Tocata y Fuga, un bar de jazz de músicos para músicos, que vino a ser la bisagra entre la tradición roquera noventera y la escena musical de vanguardia que hoy todavía se resiste a ser bautizada. Y luego, antes de que la escena se alojara principalmente en Matik, vinieron espacios como El Anónimo, un poco menos experimental pero que igual fue escenario para numerosas bandas de jazz. Piso 3 y Casa Buenavista serían otros espacios destacados. 

Vanguardia y músicas populares: dos etapas 

La historia de Matik-Matik se remonta hasta finales de 2007, cuando Julien Calais, originario de Evreux (Francia) y su esposa, Diana Gómez, deciden aprovechar un año sabático para viajar a Bogotá a concretar uno de sus sueños melómanos: montar un bar de música experimental. Pero luego, ante la inminencia del regreso, Julien decide encargar la administración del lugar a su hermano Benjamin Calais, quien trabajaba en París con algunos proyectos musicales. 

Cuando ‘Ben’ se une al proyecto, en junio de 2008, Matik-Matik tenía el doble propósito de ser un restaurante y una sala de conciertos. No mucho tiempo después, debido a las limitaciones de personal y a la doble jornada que suponían la comida y la música en vivo, la decisión fue apostarle únicamente al proyecto musical. A partir de allí, su historia se puede entender como un proceso que se ha desarrollado en dos etapas hasta el momento: el comienzo experimental y vanguardista, por un lado y, por otro, la apertura a lo que Luis Daniel Vega ha denominado la música popular contemporánea colombiana, un fenómeno difícil de caracterizar, por su heterogeneidad, pero marcado por el espíritu de la experimentación con músicas tradicionales y tropicales. 

La primera etapa, entonces, le permite a Matik incorporarse en la escena musical independiente, mediante el encuentro con bandas y músicos locales con los que conjuntamente se fue afinando el espíritu del lugar. Encuentro afortunado para proyectos como los que ya venía liderando el colectivo La Distritofónica. La idea inicial era que Matik fuera un laboratorio sonoro de experimentación, de ahí su nombre (Labo-) Matik. En ese sentido, se impulsó un espacio no solo para la presentación tradicional de propuestas sino, sobre todo, para la construcción estética de las mismas, a través de la experimentación que, al contrario de lo que muchos piensan cuando se asocia música a improvisación, requiere de una formación (empírica o académica) consolidada. Por ello, desde el inicio, la curaduría ha sido muy exigente para garantizar la calidad de las propuestas que se presentan en el escenario, incluso si se trata de proyectos nacientes. 

De esta primera etapa se recuerdan eventos como el Proyecto Aleatorio, liderado por Jorge Sepúlveda y que durante un año, una vez al mes, congregó a casi treinta músicos en sesiones de música improvisada. Allí, la mezcla de rock, jazz, música electrónica y poesía lograba un resultado cuya descripción más cercana sería la de música creada al instante. También deben señalarse las Sesiones Labomatik, con más de veinte jornadas de improvisación colectiva, varias de las cuales estuvieron a cargo de Guillermo Bocanegra. En esta etapa, además, fueron invitados frecuentes a la tarima de Matik las agrupaciones Asdrúbal, Parsec Trío, Mugre, Serendipia, Cielomama, Negra de Tinta, Meridian Brothers, Muerte en Pereira, Los Sabroders y diversos ensambles liderados alternativamente por Tico Arnedo, Pacho Dávila, Ricardo Gallo, Juan Sebastián Monsalve, Alejandro Flórez, Mange Valencia, Juan Manuel Toro, Jaime Andrés Castillo, Kike Mendoza, Alejandro Forero, Santiago Botero… En fin, una miríada de músicos y de propuestas, tanto nacionales como internacionales, cuyas visitas han quedado juiciosamente documentadas en la página electrónica de Matik

Pero en esta etapa el público ha sido tan importante como los músicos. Matik contribuyó a transformar a un público acostumbrado más a la función ambiental de la música en vivo, en un público dispuesto a escuchar. Un público que también, en cosas no menos importantes, entiende la importancia del cover y de no fumar con la botella en la mano. 

Sin embargo, ante la dificultad de mantener un espacio dedicado a la experimentación, el free jazz y la vanguardia, acompañada de los coqueteos que la música tropical le iba haciendo a un Ben cada vez menos aprensivo con los aires locales, Matik se abre a las propuestas contemporáneas con músicas populares y tradicionales. Es la segunda etapa, en la cual aparecen proyectos que actualmente gozan de un amplio reconocimiento, como Frente Cumbiero, Los Pirañas, Palanca y más recientemente Romperayo y Mula. Una etapa marcada quizá por el cambio del mural en la entrada, donde la corneta del gramófono se convierte en parlante y circuito. 

Para comprender un poco más lo que implicó esta etapa en la gestación de los nuevos proyectos, se puede hacer el ejercicio de escuchar, por ejemplo, uno a uno los conciertos que llevaron a Los Pirañas hasta la grabación de su primer disco. Se entiende, de esta manera, la idea primordial de Matik de que los conciertos no deben motivar la repetición sino la búsqueda. 

Otro cambio que ha caracterizado esta etapa es la dedicación de los viernes a la rumba, inevitable en una ciudad que, por lo menos simbólicamente, sigue siendo tropical. Eso sí, rumbas al estilo de la casa, conservando siempre la sorpresa y la exigencia de este espacio cultural. No es raro entonces que los viernes encontremos en su programación a Inés Granja, Paíto, La Revuelta, noche de vinilos a cargo de Gala Galeano, RadioMixticius, MonoSoniko o Mateo Rivano. 

Y a lo largo de estas dos etapas, Matik también ha prestado su sede como escenario de diferentes festivales alternativos, como el Festival Festina Lente y el Festival Distritofónico. También se recuerdan el Bogotá Surf Festival y el Festival Americano de Creación Sonora y Visual DIA99, con conciertos livestream originados desde múltiples lugares de América. Cada año, además, ya son costumbre los remates de Jazz al Parque, en los que se recupera la intimidad ausente en el Festival. Y tampoco podemos olvidar el gusto en Matik por la producción visual, patente no solo en la factura de los heraldos electrónicos que anuncian sus conciertos, sino también en diversos lanzamientos de revistas culturales, exposiciones y sesiones de cortos audiovisuales, así como en la permanente relación entre música e imagen visual que hay en su escenario. 


Archivo y difusión discográfica 

Aparte de mantener una programación constante de música en vivo, de miércoles a sábado, Matik también ha colaborado con la difusión discográfica en varios frentes. Al principio, se usó uno de sus espacios como tienda de discos, que se inauguró con un catálogo que Julien había traído de Europa y que luego recibió producciones locales en consignación. Allí también tuvo sede la desaparecida Bulla Latienda. Pero la exigencia de sostener bar, tarima y tienda, sumada al costo de los discos importados, llevó al traste la idea. El proyecto difusor tomó entonces un curso mucho más dinámico: por un lado, la elaboración de un archivo y, por otro, la producción discográfica propia o asociada. 

El archivo consiste en la grabación, sonora o audiovisual, de la gran mayoría de conciertos que se han programado en Matik desde febrero de 2009. Se puede considerar el archivo más grande de la música alternativa y experimental en Bogotá, con el valor agregado de que se puede consultar directamente en su sitio web o, una buena parte, en su canal de YouTube. El archivo, imprescindible para críticos e investigadores interesados en la escena musical independiente, cuenta con alrededor de 300 videos y más de 500 registros sonoros de música en vivo. Sin duda, este es uno de los grandes legados de Matik a la música en Bogotá.

Matik-Matik, además, es hoy también un sello discográfico que cuenta con dos producciones: un compilado de música en vivo, # 1 (2011), en un disco con diseño de colección, y Bajando Escaleras (2012), de Kike Mendoza Trío. Por otro lado, Matik ha promovido la grabación en sus instalaciones de discos bajo otros sellos independientes. Bandas como Los Pirañas, Andrés Gualdrón y los Animales Blancos, Asdrúbal, Suricato, y proyectos como Velandia y Vélez, han grabado sus discos en la tarima de Matik. Todo esto se complementa además con las diversas versiones de la Feria del Disco Independiente, organizada por el sello Festina Lente

La sostenibilidad y el proyecto fonográfico 

Todo este trasegar de Matik por la escena bogotana, y de la escena por Matik, es síntoma de que el espacio ha madurado y se ha consolidado como la vitrina más importante de la música independiente en la ciudad. Con esta buena salud, en Matik se gesta una nueva etapa orientada hacia la creación de un centro de producción fonográfica del que se proyectan varios resultados. Por un lado, un estudio propio, que permita grabar con la libertad de la que carece la industria musical. Por otro, la constitución de un nuevo sello discográfico, MDF, fruto de la alianza entre Matik-Matik, La Distritofónica y Festina Lente, cuyo primer trabajo será Geometría Ardiente de Holman Álvarez y Jorge Sepúlveda. Finalmente, en esta nueva etapa de Matik se espera el desarrollo de una emisora dedicada a la escena. 

De esta manera, tras estos cinco años de buena música y buenos rones, se puede decir que Matik no solo ha impulsado la escena y es hoy un espacio fundamental para su desarrollo, sino que además, creemos que también ha dejado una enseñanza acerca de lo que es el trabajo independiente. En un país como Colombia, donde los apoyos se distribuyen a cuentagotas y donde las iniciativas culturales que no cumplan con la perspectiva del rédito suelen ahogarse, el trabajo independiente parece una labor quijotesca cuyos ideales pocas veces se concretan. Pero Matik-Matik confirma que sí se puede lograr. Dentro de sus enseñanzas por supuesto que están el trabajo constante y la continua apertura a la asociación, pero, sobre todo, la confianza en el talento local. Esa vergüenza que nos caracteriza y la impaciencia del colombiano, muchas veces más preocupado por los rendimientos que por su obra, resultan ser algo que valdría la pena deponer para empezar a creer que los proyectos independientes son posibles a pesar del descuido estatal. Esta posición no es una renuncia al apoyo del Estado, pero sí muestra que no hace falta sentarse a esperarlo para impulsar el desarrollo de las ideas propias. Hoy por hoy, lo independiente parece ser una categoría usada para la descripción y la catalogación estética de ciertos productos artísticos. En Matik, la noción de independencia parece tomar su sentido original que la vincula, más que con la etiqueta estética, con la gestión cultural.

Todas las imágenes han sido tomadas de: http://matik-matik.com/ 

Por: Germán Serventi y Lucía Hernández 

3 comentarios:

  1. Muy buen artículo, con muy buena documentación y análisis. Matik es el poderoso catalizador de la escena independiente bogotana... larga vida a Matik.

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  2. Que gran artículo. Matik - Matik.

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