martes, 24 de septiembre de 2013

Tribu del asfalto, Ricardo Gallo Cuarteto

A comienzos de septiembre, que en Bogotá se ha ido estableciendo como el mes del jazz, el portal radial de Señal Colombia eligió a Ricardo Gallo Cuarteto como el artista del mes. Se destaca allí la persistencia del Cuarteto, que lleva ocho años de actividad continua, fruto de la cual ha publicado con el sello de La Distritofónica cuatro discos; se destaca también que su trabajo más reciente, Tribu del asfalto, sea el primer disco de jazz en nuestro país cuya grabación consiste en la de un concierto completo. Al oírlo, un registro impecable permite disfrutar los exquisitos detalles que cada músico aporta a esta obra y compartir, con el público que estuvo allí para aplaudirlo, la sorpresa ante un repertorio original, audaz y seductor.

El primer corte, “Frontera quebradiza”, refleja una idea en la que Ricardo Gallo suele insistir: la expansión de la sonoridad. El coqueteo con el que su piano nos sitúa en este disco, casi el galanteo de quien invita al baile, evoca los cimientos andinos de nuestra ciudad imbricados con tránsitos caóticos y migraciones orgánicas. Nos sentimos entonces, para empezar, en un lugar alegre que poco a poco se desgrana: un piano de pulso eufórico y terco baila sobre el terreno inestable del rito urdido por los demás instrumentos hasta que, hacia la mitad de la pieza, la fractura amenaza y se dilata: cada sonido pende de un hilo. Como en otros momentos del disco, el piano y las percusiones (entre las cuales incluyo la batería de Jorge Sepúlveda) sugieren una intriga que el contrabajo sostiene, con la exactitud y la apertura de una búsqueda depurada. Y luego de esa primera tensión, imagen de quiebres que ponen en suspenso cualquier frontera, el piano se lanza de nuevo a la pista con sus frases contundentes, sus vibraciones coloridas, y el concierto, aún lleno de sorpresas, parece instalarse entonces.

El segundo corte, el cajón solitario de Juan David Castaño, abre un bloque sugestivo en este disco si se lo mira desde la perspectiva del concierto: el público, acostumbrado tal vez a que los solos sean grandilocuentes, no vuelve a aplaudir sino hasta el final del corte 6 que, por la magia de la anticipación, se llama “Punto de llegada”. Y, es sugestivo de principio a fin. Terminado el corte “Juan David” (así se llama la pieza 2), inicia el tema que da nombre al disco: la madera del cajón convoca esta vez y recibe al piano, que ahora entra a la manera de quien seduce. Evocador y sutil, sensual, como el de Andrew Hill, que es una de las influencias confesas de Gallo. El corte se va haciendo inquietante a medida que cada instrumento se sumerge en una progresión envolvente que, muy despacio, se va haciendo callejera hasta alcanzar una impecable tensión del tiempo, una expectación controlada que desemboca en un fino delirio. Este tipo de progresiones expresan un particular encanto en la música del Cuarteto. No pude evitar recordar, por ejemplo, “Aurora parcial” (corte 4 de Resistencias, La Distritofónica, 2010).

La pieza “Tribu del asfalto” logra una atmósfera estremecedora y conduce hasta un momento de plenitud ambigua, en el que el contrabajo, maduro y transgresor, de Juan Manuel Toro suena a instrumento incierto, a cítara, tal vez. El piano retoma, narrativo y puntilloso, nítido y voraz, para llegar a un punto cúspide de todos los instrumentos, en el que irrumpe un silencio fugaz, instantáneo. Comienza así el cuarto corte, “Jorge”, sin que el oyente alcance a asimilar el cambio a un nuevo tema. Del mismo modo transita la música de éste al quinto corte, “Juan Manuel”, y de éste, a su vez, hasta “Punto de llegada”, el sexto tema del disco. Esta decisión, que cada miembro del cuarteto se apropie de una pieza solo para él y su instrumento, y que el nombre de esa pieza sea el de su propio músico, expresa un hecho intrínseco a las geografías que se comparten: cada individualidad desarrolla su genio en el marco de los vínculos suscitados por las afinidades.

Después de “Punto de llegada” se inicia el sobrevuelo de un piano que recorre notas nostálgicas, lumínicas, como un cielo familiar, en las cuales resuena el aire que corre al ir y venir entre lugares distantes. El aplauso, hasta entonces contenido, ha recibido el corte “Ricardo”, que se prolonga al final en una nota para dar inicio a “Aterrizando, una vez más”, una pieza intensa y robusta que suena a tiempo expandido, parecido a la vivencia del aterrizaje y del retorno. Luego de todos estos cortes con nombres sugerentes y secuencias inéditas, nos encontramos con una pieza que había estado presente en el disco anterior (Resistencias): AIS. Y aunque, por supuesto, suena distinto, su repetición, pasados los años, no deja de ser el símbolo de una política estática y absurda que contrasta con la creación enérgica, sin necesidad de sonar rabiosa para sentar protesta.

El disco concluye con “Punto de llegada II”, en sintonía con los fulgores que le han dado forma a este concierto y que exaltan el placer de la música como lugar de reunión, feliz motivo de encuentro. Confluyen entonces, en Tribu del asfalto (La Distritofónica, 2013) cierta jovialidad de las músicas del centro del país, oídas hace mucho tiempo en casa; la vitalidad que ha viajado a través de los inmensos cauces abiertos por la pulsión africana, y la incertidumbre propia de la vida urbana. Un disco que, sin duda, sigue dándole al Cuarteto buenas razones para permanecer juntos. Músicas que no buscan arraigo en género ni en gentilicio, capaces de deleitar a cualquiera que no huya del silencio.


Por: Lucía Hernández

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