domingo, 24 de noviembre de 2013

El canto del búho: segundo disco de Redil Cuarteto


La primera vez que escuché a Redil Cuarteto en vivo fue en el auditorio Teresa Cuervo, del Museo Nacional, en un concierto que presentó temas tanto de su primer disco, La Rana (La Rana Producciones, 2012), como del que aún estaba por lanzarse: El canto del búho (msf, 2013). Recuerdo que al salir del concierto, una música que yo no había esperado me dejó la sensación visual de un rosado cálido, sutil. Pero, no sabía a qué atribuir ese color, por eso estuve escuchando otra vez La rana por varios días y, en ese ejercicio, noté que a veces uno se va formando una idea del jazz como una expresión siempre sorpresiva, siempre en el límite del desconcierto, y que por eso no me había esperado, aquella primera vez en vivo con Redil, una música apacible.

La semana pasada volví a verlos, en el lanzamiento de El canto del búho en Matik-Matik, y comprendí que ese primer color que se me quedó de Redil provenía de una sensación que pocas veces produce la música de los jazzistas aficionados a la experimentación y a las búsquedas sonoras. Adrián Sabogal, líder del proyecto, y sus compañeros de cuarteto, lo son sin duda, por eso en su sonido me atrae encontrar que no solo de caos, de vértigo, de ruido o de frenesí se nutre la inspiración contemporánea. Me gustó, sin duda, el concierto, y me confirmó una bella idea de la que me habló Adrián cuando le pregunté sobre su nuevo disco: la experiencia de la luz, que no necesariamente es plácida.

En la mitad del concierto, la interpretación de “El silencio es la respuesta”, la pieza que Adrián le compuso a su padre cuando éste murió, me hizo asistir esa noche a un rito de duelo. Un duelo abordado desde la luz, me había dicho él, “porque la muerte también puede ser eso, ¿no?”. El canto del búho es la música que le fue enviada a su padre como compañía. Y lo que el hijo me cuenta de su experiencia con la muerte es lo que de verdad su disco transmite: “Soy una persona que quiere transmitir luz. No un sentimiento en particular. Porque la luz muchas veces no es solamente alegría, ni solamente puede ser calma; puede ser reflexión, puede ser inclusive crisis. Todos esos elementos producen un despertar, de alguna conciencia, de una sensibilidad. Siempre estoy concentrado en algo luminoso.” Por eso, me cuenta, cuando murió su padre no solo sintió una profunda tristeza, sino también “una luz impecable, una claridad tremenda”.

Así que, sin este trasfondo, lo último que sentiría alguien al oír el disco es un duelo, al menos entendido como una experiencia triste y oscura, pues El canto del búho, que comienza con un redoblante pelayero y culmina con una deliciosa danza del Pacífico, nos ofrece una música de suave y luminosa fiesta, muy cercana a los momentos en que la simple contemplación de la vida nos produce regocijo. Incluso, el tema que da nombre al disco podría comunicar un entusiasmo sosegado, al igual que el corte “Doce”, sin pasar por la euforia.



Los más aficionados a las músicas del Pacífico colombiano pueden atribuir esta gracia de Redil al acoplamiento entre la marimba de chonta y el formato de jazz, pero ésta, más que ser el pilar de la música del cuarteto, se les atravesó en el camino. Su sonido se nutre también de otras ricas fuentes. El paso de Pacho Dávila por el cuarteto (los acompañó en las versiones Squetches of La Rana, que hizo parte en 2012 del proyecto Compositores Javerianos) le transmitió a la música de Adrián Sabogal una espontaneidad que ahora le permite disfrutar del amplio espíritu de improvisación de Santiago Botero, quien se unió al grupo solo hasta este año. Y este contrabajista, por su parte, aún recién desempacado de su formación europea en el encuentro con estos músicos bogotanos que llevan años frecuentando las costas colombianas, me dice la noche del concierto que la batería de Urián Sarmiento lo lleva a expandir sus formas de tocar hacia otros territorios.

En efecto, las decisiones en la batería de este disco son de destacar. En ella resuena alegre el redoblante pelayero, decidido y jovial, firme al margen del volumen, así como platillos juguetones que recorren métricas tergiversadas para evocar ritmos costeros. Por allí, abstractos y discretos, están presentes la chirimía, la juga, el currulao, ritmos del complejo del Pacífico, y la cumbia, que en el tema “Lucho por no perderme” (ganador en el homenaje a Lucho Bermúdez en el Festival Voces del Jazz, Cartagena, 2012) nos lleva a través del saxo (de Juan Arbaiza) hasta el gozo que debieron sentir los cachacos en tiempos de las fiestas de salón (con cumbias que sí se dejaban bailar, no como la de Redil). Muchos otros detalles del disco invitan a detenerse en distintos aspectos cada vez: por ejemplo la guitarra eléctrica que en algunos momentos se inventa el lugar de la marimba y en otros tararea con su timbre; una quena que, tocada a la manera particular del maestro invitado, Juan Benavides, suscita un diálogo muy dulce con la marimba en “Pajarito”, tema para amantes enternecidos; el balafón, posible ancestro de la marimba, en el tema “Por tus caderas lloro”, que tiene un saxofón más sensual que triste.

Adrián me cuenta que del maestro Hugo Candelario aprendió a que el gusto le diera la bendición. Y le funciona; en el concierto se notó que la bendición cobija al Cuarteto, que aunque no hace música para bailar, la gente no puede evitar bailarla. Esa noche él repitió concierto después con Pambil, una música que sí es para arrojarse al éxtasis, al movimiento. Por eso varios llegaron aquel sábado (luego de concierto de Caetano, o de otra de las fiestas de la ciudad) al segundo concierto, el de la rumba.

El disco (con las artes de Steve Serrano) inaugura el catálogo de un nuevo sello disquero: msf, fruto de la alianza entre Matik, Festina Lente y Sonalero, un colectivo de artistas que con apenas unos meses de vida, prueba desde ya las mieles del asociarse. De hecho, durante este 2013 la proliferación de colectivos y de nuevos sellos disqueros ha sido uno de los grandes motores para los trabajos independientes. Este canto de búho augura pruebas felices para las músicas por venir en la casa Matik, donde puede conseguirse el disco por 20.000, o si no, directamente con Redil.



Por: Lucía Hernández

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