miércoles, 15 de octubre de 2014

Festival Distritofónico 2014: Jornada 1


Comenzó el Festival Distritofónico 2014 y su primer concierto tuvo lugar en un espacio nuevo para él (como para muchos de nosotros): el auditorio del Planetario de Bogotá. En medio de telescopios, imágenes lunares y la frase eppur si muove, con la que Galileo trataba de resistir a las negaciones de su sociedad, pudimos escuchar las dos primeras propuestas con las que este año abrió sus actividades el Festival: Erik Friedlander (EE. UU.) y Nicolás Ospina Trío (Colombia).

Erik Friedlander, compositor y chelista norteamericano, fue el encargado de abrir el concierto, rompiendo las excesivas venias que los invitados internacionales suelen encontrar por estos lares. Este hombre, que hace parte de la escena experimental neoyorkina, solo con su chelo, cautivó a la audiencia con una selección de temas que hacen parte de su álbum de estudio Volac: Book of Angels Volume 8, (Tzadik, 2007). Este álbum, vale recordar, hace parte de una serie de trabajos realizados por diversos artistas que desde 2005 grabaron las 300 piezas, en más de veinte grabaciones, que el músico y productor John Zorn compuso como parte de su inmenso proyecto The book of angels, con el que se proponía dar vida a una nueva música hebrea, contemporánea y a la vez inspirada en la mística judía.

Las piezas que ejecutó Friedlander mostraron claramente lo que es su apuesta con el chelo, un instrumento que suele sentirse muy cómodo entre orquestas y directores pero al que Friedlander ha sacado de esa zona de confort para obligarlo a una aventura apasionante. En sus manos, este instrumento tiende puentes con otros instrumentos de cuerdas como el bajo acústico, el arpa, el banjo, la guitarra acústica o incluso con la guitarra eléctrica, ese instrumento que en el rock tanto le debe a los sonidos del chelo clásico. Y en su ejecución, alterna el manejo virtuoso del arco con la mano desnuda en intrincados arpegios, pizzicati y tapping.

Esto se reflejó en la música, un chelo solo que llevó a su auditorio por los corredores de la música clásica contemporánea pero así mismo por los caminos del blues, del rock, y de música folclórica como el klezmer. Con sonoridades violentas que llegaban hasta la pura abstracción musical pero que recurrían constantemente a pasajes cargados de imágenes narrativas, propias de la música popular, y que despertaban una respuesta emocional ambivalente, oscura y entrañable. Fue un concierto intenso, sumamente sobrio, en el que se reunieron al tiempo las notas acompasadas de la música de cámara y las estridencias del noise, poco asociadas a este sofisticado y sensual instrumento. Al final del concierto, Friedlander nos adelantó en primicia una pieza nueva.

Tras quince minutos de intermedio, el espacio egocéntrico que dejó el chelo se convirtió en una escena común, donde un piano (Nicolás Ospina) compartiría con un conjunto bien heterogéneo de instrumentos de percusión (Juan David Castaño) y un bajo eléctrico (Diego Pascagaza). Luego sabríamos que la voz de Victoria Sur, el clarinete de Daniel Linero y el cuatro y la guitarra de Alberto Ojeda se unirían también a la velada.

Quienes no habían escuchado a Nicolás Ospina Trío, probablemente se encontraron con una grata sorpresa. Su propuesta es muy amable con el público, pues se aleja de cualquier tipo de hermetismo, pero al mismo tiempo presenta una música que surge de experiencias muy íntimas. Cada una de las piezas presentadas tuvo su correspondiente prólogo en el que Ospina contaba las fuentes de inspiración, sin pretender señalar al auditorio el modo de su disfrute o interpretación. Así, supimos que algunas de ellas provenían o bien de la lectura de un diario de viaje en canoa por el río Putumayo hasta el Amazonas, o del suicidio poético de un esquimal en medio del agua; del nacimiento de una hija, o de un perro que se une por voluntad propia a un grupo de caminantes. Basado en estas experiencias privadas, Nicolás Ospina nos invita a un universo musical alegre, liberado de las pretensiones y el desenfado de la música urbana con la que por supuesto se relaciona profundamente. Un concierto que sucitó una sensación de placidez, en contraste con los efectos que las poéticas musicales contemporáneas, más apegadas a cierta desesperanza, suelen promover. Destacamos de este concierto además el virtuosismo de sus músicos, propios como invitados, y que llegó a su punto de clímax con el canto polifónico que Nicolás Ospina ejecutó al tiempo con un instrumento de viento, parecido a un maletín y a un acordeón, todavía no identificado por el Orejón.

En este primera jornada volvemos a entender por qué una de las virtudes del Distritofónico es su curaduría. Una curaduría que al juntar en un mismo escenario propuestas disímiles, atractivas y difíciles de ver en programaciones locales, nos recuerda que la música es una de las formas de la diferencia, y que la cultura musical no debería estar apegada a los discursos homogéneos de las etiquetas, por las cuales los conciertos y los públicos suelen agotarse en un género. En la noche de ayer hubo dos propuestas muy distintas entre sí que el público disfrutó por igual: una mucho más apegada al espíritu urbano (la de Erik Friedlander, un poco oscura pero sumamente seductora) y otra, la de Nicolás Ospina Trío, mucho más vital, luminosa y cargada de imágenes reconciliadoras.

Hoy continúa en Matik-Matik el Festival que comenzó con estas dos excelentes propuestas y que promete ponerse cada vez más interesante. Esperamos, eso sí, un público más nutrido.

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