martes, 21 de octubre de 2014

Festival Distritofónico 2014: Jornada 5

Foto cortesía de Alfonso Gamboa
Terminó el sábado esta gran fiesta de la música con cuatro conciertos que podrían ser considerados como una síntesis del espíritu del Festival, por haberse tratado de una jornada tan nutrida, por el nivel de los invitados y por la riqueza de las experiencias que estos circuitos independientes traen al público bogotano inquieto.

En el Teatro Jorge Eliecer Gaitán, más lleno esa noche que en las demás jornadas, se presentó primero la agrupación Chirimía del Río Napi, cuyos miembros viajaron unas seis horas en lancha desde sus veredas para llegar hasta el municipio de Guapi (Cauca), donde tomaron otra embarcación hasta Buenaventura y de ahí hasta Bogotá, como sabemos, el camino sigue siendo bastante largo. “Tenaz”, resumiría Juan Carlos Vásquez, cantante y vocero de la agrupación e hijo de Carlos Vásquez, el jovial encargado del redoblante de cuero. En su concierto, no solo la música trajo hasta nosotros su remota tradición; también lo hizo una presencia cuidadosa de las formas. Cuando el telón se abrió, lo primero no fue la música: a diferencia de lo que es usual en los escenarios urbanos, antes de tocar era necesario saludar al público, presentar a todos los miembros y poner en contexto su presentación como parte de una serie de visitas a la Capital que solo se han dado desde 2004.


Entre un tema y otro, Vásquez hijo nos habló del origen y del género de cada canción por tocar y aclaró si sería instrumental o no (la voz en esta música es un arreglo reciente), mencionando en algunos casos su inquietud sobre la posibilidad que tendríamos los bogotanos para comparar lo que oiríamos con algún ritmo local. Y el hecho era que tal vez ninguna, pues escuchamos rumbas, pasillos, paseos y un longevo bambuco que son exclusivos de esta región del Pacífico sur colombiano, emparentados con la música de marimba pero con formas musicales y golpes específicos de la percusión que son únicos (no sobra agregar que en el bombo estaba Fredy Estacio y en el triángulo Ranulfo Grueso). Y si bien algunos de los temas eran obra de ellos mismos, como “El gallo de mi vecina”, de Juan Carlos Vásquez o “Los alimento del maíz”, de Rito Erasmo Cuero, se trataba de temas tan vinculados a la tradición como todos los demás, tan antiguos que provienen de la época en que los nombres de los individuos no trascendían con sus creaciones. “Viva el puesto” fue la canción más antigua.

Vásquez le dio el micrófono a los maestros Augusto Perlaza (maracas y dirección) y a uno de los flautistas (que son Esteban Perlaza, flauta primera, y Serafin Hinestroza, flauta segunda), quienes con breves palabras nos explicaron que este grupo se conformó desde 1989 no solo por la afición a la música que forma parte de sus rutinas en el campo, sino también para que la cultura perviviera. Y es que, en todo lo que nos contaron quedó claro que el sentido de su música es ese, que las creaciones de los ancestros sobrevivan, a pesar de que los violentos los hayan llevado a remplazar la caña de sus flautas, que se consigue en el páramo, por tubos de PVC. Por eso, su gratitud fue grande no solo con el público bogotano sino también con Urián Sarmiento a quien, junto con Dios, le agradecieron en varios momentos por haberle dado a su música otros espacios. Y así, al ver el contraste entre músicas de una belleza intensa e inusual, con la honesta humildad de sus maestros, uno se da cuenta de que la distancia entre ellos y nosotros no solo es geográfica e incluso temporal, sino también, si se quiere, espiritual. Y agradece entonces, no solo que el Festival haga posible escucharlas, sino que un proyecto como Sonidos Enraizados viaje hasta allá para grabarlos y trace puentes con quienes más bien podríamos ser los aislados.


Pero el segundo concierto de la noche estaba allí para recordarnos que tal vez las distancias culturales son una ilusión, al menos cuando la música está de por medio. Llegaría entonces Jamie Saft Trío con sus sonidos de vanguardia, que incluyeron (como en las presentaciones de Sofia Rei y de Erik Friedlander) una de las grabaciones del proyecto Masada de John Zorn, esta vez, de Astaroth: Book of Angels Volume 1. Con Chris Lightcap en el bajo y en el contrabajo, Ben Perowsky en la batería y Saft en el piano, la primera parte del concierto estuvo dedicada a grabaciones de sus primeros proyectos (no solo con el Trío) y en un segundo momento, Saft presentó los sonidos que vendrían como parte de “nuevos standars”. Un jazz muy vivo y luminoso, en el que destacó el ímpetu y la precisión de la batería, que al final de cada tema recibía un gesto de aprobación y agrado por parte de Saft. Y también brilló el sonido del piano eléctrico Fender Rhodes con el que Saft alternó el piano de cola; se movía entre uno y otro como si se tratara de un solo instrumento, y el contraste entre sus dos sonoridades nos permitió a los neófitos apreciar mejor el timbre singular, producido de manera eléctrica, de ese Fender, inventado en la Segunda Guerra para que los soldados que no podían moverse pudieran contar con una terapia musical. Fue un concierto de gran calidad que dejó los ánimos en un punto muy adecuado para continuar la fiesta que aún nos aguardaba en Latino Power.

Cerca de la media noche el sitio estaba lleno y se iniciaría una cumbiamba (sin velas, pero sí con luces y fulgores citadinos) que el Frente Cumbiero, liderado por Mario Galeano (guacharaca, sintetizador y efectos electrónicos), con la guitarra de Eblis Álvarez, el clarinete de Marco Fajardo y la batería de Pedro Ojeda, prendería en honor al Rey de la cumbia, Andrés Landero y a su pupilo, Carmelo Torres, que aguardaba el turno de subir al escenario para tomar posesión de su acordeón y de la fiesta. Mientras tanto, el propio Galeano, consagrado estudioso de la cumbia, compartía el golpe vigoroso de su guacharaca con el baile encendido del público. “Así es que es un toque elegante” diría en el micrófono, celebrando los encuentros convocados para esa tarima.


Esa noche, el sonido del Frente se nos hizo más selvático en un sentido de lo urbano, más voraz de lo que le hemos escuchado en vivo y en su primer disco (Frente cumbiero meets Mad Professor, SalgaelSol 2009) e incluso en sus grabaciones posteriores, donde la exploración de la electrónica sicodélica ha continuado su curso. Un sonido más bogotano que, acompañado de las imágenes de Mateo Rivano, parecía querer establecer un contraste con lo que vendría después. Por eso, la invitación al escenario del amigo Javier Morales, quien antes de iniciar su periplo por Suramérica grabaría el acordeón en el primer disco del Frente, quizás era parte de una transición hacia la cumbia sabanera y campesina de Carmelo Torres. La rumba era tan buena que acabado el toque, ya iniciada la madrugada, el público reservaba aún una buena dosis de gozo para bailar en el fervor de La biblia del acordeón.

El maestro Carmelo Torres, que nació en Plato (Magdalena), recibe este título al haberse formado con el rey Landero en San Jacinto (Bolívar), cuya sabana se extiende hacia los Montes de María, desde el Magdalena hasta el Golfo de Morrosquillo. Fue allí donde nació la cumbia de acordeón, de la que Landero es precursor, en la que este instrumento remplaza las tradicionales gaitas. Un acordeón vehemente y excepcional fue, pues, la herencia que el maestro Carmelo nos compartió esa noche, con un enérgico carisma y un virtuosismo abrumador que no le dieron tregua al éxtasis del baile en el público, ni al de los músicos capitalinos que lo acompañaron.

Con él estuvieron Los Toscos (esa noche, Kike Mendoza en la guitarra, Santiago Botero en el bajo, Mario Galeano en la guacharaca, Pedro Ojeda en la batería y Juan David Castaño en la percusión),  a quienes el maestro Carmelo no les dio ninguna concesión y los hizo interpretar sus cumbias en sus propios términos. Esta alineación de los locales, tan distinta a la que les vimos con el jazz de Tony Malaby en su momento, hizo muy interesante la actuación de Los Toscos, que sin perderle la dirección al Maestro transpiraron también algo de su aliento urbano. Otro de los encuentros que confirmaba el espíritu que guía las búsquedas continuas de La Distritofónica: el diálogo entre músicos de distintos orígenes.


Se bailaba mucho, se bailó toda la noche en el lugar, como lo pregonaran “Amanezco bailando” y “Vivo parrandeando”, creaciones del maestro Carmelo Torres que tocó esa noche junto con “Tierra de poetas” y el paseo “Nuri”. El repertorio contó también con temas de Adolfo Pacheco como “El mochuelo” y “Canto a mi machete”; “La segunda parte de la geografía”, de Santander Monroy; y, de Andrés Landero, “La negra Tulia”, “Rosa y mayo” y "El gaitero", que le canta a un lejano ancestro de Toño Fernández. Para el cierre, antes del bonus que todo público satisfecho reclama, tocaron su célebre “Pava congona”, uno de los temas más recordados de Landero con el que conquistara a los mejicanos. Quede como postal de la noche el baile de los Invader Ace, que se unieron dichosos a la cumbiamba.

La chirimía con que había iniciado la noche compartía entonces con el cierre, no solo el origen campesino en zonas donde ha germinado el profundo dolor de la violencia, sino también el homenaje a los maestros de la tradición mediante una destreza a su altura. Y, más que un concierto, fue un tremendo parrandón el que cerró a su vez otra fiesta, la que cinco días atrás había empezado con las insospechadas notas de un chelo negro.

Al concluir este ciclo de reseñas, El Orejón recuerda con especial cariño a Bituin, João Taubkin Trío, a Erik Friedlander y a Carmelo Torres... También a Trip Trip Trip y a la Chirimía del Río Napi, pero la verdad es que nos gustó todo. Desde la noche en que leíamos en el Planetario “y sin embargo, se mueve”, hasta el clímax de aquella Pava congona.

En general, hablando de todo el Festival, poco público. Poco, cuando en cada uno de sus conciertos asistíamos a músicas elaboradas, amasadas en el tiempo, que al no ser formatos prefabricados al ritmo de los ciclos de la fama, transmitían fuerzas rotundas capaces de avivar la experiencia de la escucha en vivo. Músicas vivas, orgánicas, expresión de las pasiones sonoras de quienes se arrojan a sus talentos para contar canciones, melodías y ritmos de un profundo poder. No obstante, el crecimiento del Festival es notable, en su logística como en su alcance, por eso confiamos en que las futuras versiones continuarán atrayendo a nuevos curiosos. Sin duda, contribuirán a ello la incansable labor de Mange Valencia, cabeza del Festival Distritofónico, y la destacada labor de la Fundación Rema, de Nova et Vetera y de Matik-Matik, así como de cada una de las alianzas que hicieron posible el Festival.

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