viernes, 10 de octubre de 2014

Música y pies descalzos

Cuando estuve por primera vez en Medellín era una niña y la música no hacía parte aún de mi universo, salvo en las fiestas de los adultos donde aprendí las letras de Los Hispanos y Pastor López. Mi único recuerdo era el de una ciudad muy limpia, como nunca había visto una, y el de cierto recelo de nuestros anfitriones hacia mi querida Bogotá. Este año regreso, para asistir al Seminario de Periodismo Musical organizado por Circulart, y confirmo la impresión de una ciudad cuya limpieza habla de una vivencia muy valiosa de ciudadanía, pero el lugar común de las rencillas entre paisas y rolos, felizmente, se me desdibuja.

Aterrizo el 7 de octubre por la noche y, en el camino hacia el hotel, basta este esténcil de un muro en El Poblado para liberar todas las tensiones del vuelo: “Mi plan es bailar hasta que todo se solucione”. ¡Qué grata bienvenida para un festival llamado “Medellín vive la música”! Al siguiente día asistimos a  las primeras jornadas del Seminario (de cuya experiencia hablaremos en otro momento), y por la noche vamos al concierto inaugural en el Parque de los pies descalzos. En el camino algunos nos preguntábamos por Shakira, pero al llegar allí no hizo falta consultar con algún local para salir de la ignorancia. Junto a un bosque de guaduas, cuyos caminos nocturnos resguardan a enamorados y a bohemios furtivos, los chorros de agua tibia en varias fuentes refrescan y acarician los pies de los niños que se han remangado (o se han quitado) sus pantalones y se sientan allí sonrientes, mientras sus padres los acompañan desde la plazoleta de comidas. Una joven policía a quien le pregunto por la vida en la ciudad me cuenta que durante el día, cuando hace calor, también los adultos vienen a refrescar sus pies en las fuentes.

Y junto a las fuentes hay también una gran arenera en la que otro grupo de niños juega como en el patio de su casa, a pesar de que está mojada, pues ha llovido casi sin tregua desde la noche anterior. En efecto, hay agua que nuestros pasos esparcen por todo el espacio, y esa debió ser la causa de un corto en la tarima que por poco echa a perder la velada. Los músicos se preparaban detrás del escenario, por fortuna, y el tiempo de espera mientras se solucionó el percance nos permitió a todos serenarnos para recibir el espectáculo con el entusiasmo que ameritaba.

Al comienzo había poca gente (la lluvia siempre espanta), pero en vista de que las nubes se congraciaron con el concierto y a eso de las 8:00 el sonido imponente se hizo sentir en el centro de Medellín, los aplausos acabarían sonando muy nutridos. Acudieron grupos de jóvenes universitarios, amigos de todas las edades, familias enteras, trabajadores que venían a despejarse de su jornada laboral y turistas, para reunirse en esta celebración del espacio público. Algunos llevaban un vino, un aguardiente o una cerveza; otros simplemente conversaban, o tomaban fotos, y a todos se les veía complacidos de que Medellín viviera la música. Un paisa a quien le pregunto si son frecuentes los conciertos al aire libre en la ciudad me dice que sí, y entonces deja de sorprenderme esa naturalidad de la convivencia entre parches tan variados...

Y es que la programación elegida para inaugurar el Festival no puede ser más afortunada para la ciudad: 450 niños y jóvenes pertenecientes a cuatro proyectos de la Red de Escuelas de Música de Medellín estuvieron en escena. Antes de presentarlos, vale la pena mencionar que esta Red consiste en un programa de la Alcaldía municipal que desde 1998, y en alianza con la Facultad de Artes de la Universidad de Antioquia, promueve espacios de formación musical para niños y jóvenes de la ciudad, que favorezcan procesos de convivencia y cultura ciudadana.

La Orquesta Sinfónica Intermedia, conformada por unos 180 músicos entre los 11 y los 24 años de edad, fue la encargada de abrir el concierto con la clásica obertura Guillermo Tell de Rossini, que el público recibió con tanto entusiasmo como el bambuco Conclusión (de Vicky Romero) y la también clásica Soy colombiano (de Rafael Godoy), que sonaron a continuación y en las que se integraba ya el Coro Juvenil. A continuación se presentó La Orquesta de Tango, conformada por 25 músicos entre los 14 y los 22 años, un proyecto que ha trascendido los escenarios regionales y recientemente fue invitado al Festival de Tango de Buenos Aires. Sonidos de vanguardia para una ciudad muy tanguera. A continuación el Ensamble de Músicas Populares puso a bailar al público con el mambo Fantasía cubana (de Frank Grillo Machito) y dos temas igualmente festivos de Jonny Pasos, director del Ensamble. Este ensamble, que se destaca por sus diálogos con músicas populares urbanas y tradicionales colombianas, está conformado por 44 niños y jóvenes que han recibido formación en distintas expresiones del jazz. Y para concluir esta primera parte del concierto, el Ensamble y el Coro 
interpretaron Volví a nacer, de Carlos Vives.

El regocijo crecía entre el público; la calidad del sonido y el destacado nivel de los intérpretes, así como la alegría de los músicos y de sus directores no daban para menos. Se juntaron luego todas las agrupaciones para una emotiva interpretación de la obertura de El barbero de Sevilla (de Rossini), en la que los músicos sumaban a su ejecución movimientos coreográficos que hacían aún más notable su habilidad. Era el abrebocas para el gran cierre que contó con dos invitados muy especiales. Y lo digo, más que por su trayectoria, por el carisma con el que dirigieron a los chicos, que los siguieron fascinados en este otro concierto inolvidable que contó con Gustavo Santaolalla como solista y con Andrea Merenzon como directora.

Cuando salieron al escenario, junto a mí, una humilde mujer y su hija unieron sus gritos a la euforia del público. Yo les sonreí al ver que se divertían tanto, y la madre me decía como excusándose: “no tengo ni idea de quién es, pero gritemos”. Y la hija volvía a reír y juntas gritaban de nuevo para festejar que el concierto continuaba. Al final pude ver en su deleite que sin saber aún quiénes eran esos personajes tan afamados, sus aplausos pasaron a ser sinceros. Que Santaolalla hubiera ganado premios Oscar y premios Grammy, o que aquella rubia hubiera sido galardonada dos veces como “mujer del año” no resultaba ser lo más importante. Lo más importante, también para mí, era la belleza profunda que emanaba de las piezas de Santaolalla elegidas para la ocasión (The journey; Beautiful y De Ushuaia a la Quiaca). Belleza que no solo provenía de sonidos entrañables, sino también de ver a todos esos jóvenes y a ese músico de tanta trayectoria compenetrados en una ejecución de altísimo nivel. Y provenía también de ver a una directora desprendida de los formalismos asociados a una Orquesta Sinfónica. Ella, con pantalón de cuero y un chal juguetón, cantó a continuación junto a Santaolalla cuando el Coro Juvenil se unió y todos cantaron, en trance de dicha, la famosísima Bamba. Los del coro hacían coreografía de olas, los metales también en su momento, y los otros dos proyectos acompañaban a los lados con palmas, sonrientes. Directora y solista bailaban como un par de niños, y regresaron al escenario cuando el público coreó “otra, otra, otra”, para bailar una vez más y aplaudir también ellos a los niños y jóvenes músicos de Medellín.

Al tiempo que se acababa el concierto, la mayoría de los periodistas invitados caminábamos hacia el bus que nos llevaría de regreso al hotel. Comentábamos con uno de ellos, aún cautivados con el profesionalismo y la vitalidad de semejante tarima, cuánta falta le hacía a nuestra Bogotá un proyecto como este para niños y jóvenes. Y, no tenía nada que ver con regionalismo alguno; tampoco el trato tan amable que recibimos de principio a fin en nuestra visita. Era más bien la conciencia del bienestar que le supone a cualquier sociedad un gobierno interesado en la formación musical de sus niños y jóvenes y una ciudadanía que cuida sus espacios públicos. Comenzaba nuevamente a llover en la ciudad, mientras el público se dispersaba tras los aplausos prolongados y cruzaba junto a las enormes canecas que la organización acababa de ubicar junto a las salidas del lugar.




Por: Lucía Hernández

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