martes, 7 de octubre de 2014

“No creer en las metas”: el caso de La Distritofónica

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El Festival Distritofónico, que se estará celebrando en Bogotá del 14 al 18 de octubre, este año festeja no solo su cuarta edición; también, los primeros diez años de La Distritofónica. Y este aniversario resulta propicio para hablar acerca de este colectivo, que refleja los cambios que ha vivido la música urbana en Colombia durante esta década, y cuyos aprendizajes resultan significativos también para otras comunidades artísticas.

El colectivo surge en marzo del 2004, fruto de la iniciativa de Alejandro Forero, músico bogotano que sigue siendo su director artístico. A raíz de su encuentro con los discos del colectivo neoyorquino Bang on a can, Forero vio en qué medida la asociación de tres bajo un mismo nombre es capaz de lograr la producción y la circulación que difícilmente logra un solo músico por cuenta propia. Vio, en otras palabras, que la asociación independiente tiene mucho más alcance que las búsquedas individuales. Convocó entonces a sus amigos, en cuyo talento confiaba y con quienes compartía las inquietudes e intereses que la academia y la ciudad misma venían sembrando desde los noventa en las aulas de música. Con algunos de ellos se encontró o se reencontró en festivales de músicas tradicionales, lejos de Bogotá, y se juntaron entonces María Angélica Valencia (Mange), Javier Morales, Jorge Sepúlveda y Juan David Castaño. Luego cerrarían el conjunto Ricardo Gallo y Eblis Álvarez, que en ese momento vivían fuera del país. Este vínculo, fundado en la amistad y en la mutua admiración no ha cambiado desde entonces.

En el principio eran los noventa

En sus veinte años, Rock al parque ha sido sin duda un motivo de inspiración para muchos músicos en Bogotá. Desde sus inicios, la posibilidad de ver allí año tras año a las bandas capitalinas admiradas despertó en varios la inquietud por su propio aporte a la escena local. Crecía en Bogotá también el gusto por el jazz; algunos de los profesores universitarios se presentaban en Jazz al parque y tenían un rasgo en común con otros maestros, los de 'la calle': su trabajo expresaba una apuesta por el talento y la producción locales. Así, ver que sus ídolos y maestros optaban por quedarse y crecer en Colombia, varios de ellos nutriéndose parejo de tradiciones nacionales y extranjeras, fue algo que sedujo a los distritofónicos -por entonces estudiantes de pregrado- tanto en la academia como en la ciudad misma. Es la década, además, en que figuras como Aterciopelados, Totó La Momposina, Hugo Candelario, Toño Arnedo y Carlos Vives consolidan un reconocimiento internacional, lo cual incentiva una conciencia nueva, asociada a un movimiento musical colombiano más que a artistas aislados. Una conciencia distinta no solo para los músicos, también para el público.

Para hablar de influencias musicales en Bogotá, es propicio entonces comenzar por mencionar a Teto Ocampo y a Iván Benavides, dos referentes destacados no solo por su aporte a los proyectos coyunturales que Carlos Vives produjo y apoyó, sino también por su interés en las músicas tradicionales colombianas. Pero en contraste con el eco de esta etiqueta, su Bloque de búsqueda (que grabó con Gaira Música) resulta ser una de las bandas más recordadas de aquella Bogotá de hace casi veinte años.

Entretanto, Urián Sarmiento (baterista en su momento de 1280 almas y La Pestilencia, entre otros proyectos) y Juan Sebastián Monsalve (Bunde Nebuloso -2001- es su primer disco como solista), ya eran músicos reconocidos en los escenarios capitalinos. Y recibían el siglo viajando a las costas colombianas, hacia los pueblos y festivales donde pudieran aprender sobre los ritmos y los instrumentos campesinos. Abriendo los oídos al cosmos de las sonoridades colombianas. De su búsqueda nació -también con el siglo- Curupira, una gran fuente de inspiración para La Distritofónica pues les mostró a los entonces alumnos que era posible salir del mito de la academia y del rock, para crear un sonido nuevo y genuino que no fuera un pastiche de géneros o una vitrina para muestras de folclor. Al ver a rockeros de los noventa de pronto con una gaita, con un tambor, tocando “una gaita con un funk, a 7/8 o con métricas raras, cosas de las que uno está pendiente en la academia”, comenta Forero, la sorpresa fue como polen para abejas necesitadas de encontrar una sonoridad propia, una identidad diferencial. Por eso todos se fueron animando a viajar también, a los festivales y, en muchos casos, a quedarse en los pueblos aprendiendo.

Y por supuesto está Antonio Arnedo, una de las figuras más importantes del jazz colombiano, quien se ha dedicado a la investigación de ritmos tradicionales desde que regresó de su formación en el exterior. Uno de los pioneros en la exploración de los diálogos posibles entre el jazz y las músicas del llamado folclor colombiano. Como parte de su decidido interés en estas músicas, Arnedo no solo lideró el Colectivo Colombia y otros proyectos de igual renombre, sino también algunos proyectos estudiantiles. Al pensar en sus referentes, los distritofónicos recuerdan por ejemplo un ensamble en el que Arnedo tocaba con Urián Sarmiento, Eblis Álvarez y Juan Sebastián Monsalve. O el disco Jazz Circular, del proyecto homónimo, uno de los pocos registros de jazz experimental de principios del siglo en el país. Este gusto por reunirse para investigar tocando es simultáneo al encuentro de otros combos disidentes que también inspiraron a La Distritofónica, como el Ensamble Polifónico Vallenato y el Sexteto Constelación de Colombia.

Proyectos como los mencionados dan cuenta de un sonido hecho de lo vivido en Bogotá entre los noventa y el comienzo de siglo en términos musicales, a lo que falta sumar aún un factor determinante para La Distritofónica y para todas las iniciativas discográficas recientes: el desarrollo de las tecnologías digitales. A partir de los 90 fue posible acceder a software y a equipos de grabación más económicos que permitieron una producción a menor costo. Solo así, al hacer sus discos por sí mismos, pudieron los distritofónicos eludir los objetivos de la industria (el éxito, la ganancia, la fama) que amansan la estética, para optar de lleno por su propio objetivo: la creación.

Contar e inventar uno mismo su propia historia

Fuente: www.ladistritofonica.com
El mismo año en que deciden ser un colectivo, La Distritofónica inaugura su catálogo con La revuelta (2004) el primer disco de la agrupación Asdrúbal, conformada por Mange Valencia, Jorge Sepúlveda, Daniel Restrepo, Carlos Tabares y Alejandro Forero. Ricardo Gallo los acompañó en esa grabación y tras su partida se unió Marco Fajardo. Podría verse este primer trabajo, sin decir que se lo haya propuesto, como detonante de una estética que atraviesa los demás proyectos del Colectivo, tal vez como el jocoso augurio de un deseo compartido entre amigos: dedicarse a hacer propuestas que privilegien el riesgo y la experimentación. Una voluntad de vanguardia autóctona, podría decirse, en la que no se pretende citar las músicas tradicionales sino apropiárselas y transformarlas, desde el innegable espíritu urbano. Por eso, en Asdrúbal resuenan el Sexteto La constelación de Colombia y, más ampliamente, los viajes de muchos músicos capitalinos a festivales como el Festival Nacional del Porro (en San Pelayo, Córdoba), el Festival Nacional de Bullerengue (en Puerto Escondido, Córdoba), o el célebre Petronio Álvarez, en Cali. Con el ánimo ávido de creación, en 2005 ve la luz el primer disco de Primero mi tía (homónimo), quinteto autodefinido como avant garde tropical, conformado por Juan David Castaño, Jorge Sepúlveda, Alejandro Forero, Marco Fajardo y Juan Manuel Toro.

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Hoy parece obvio que ocuparse de registrar la obra propia otorga un lugar en la historia, sin esperar hasta que otros vengan a contarla. Para los músicos de esta generación, el encuentro con los grandes maestros de las pequeñas poblaciones supuso una conciencia de la vida de sus creaciones, que difícilmente inspiraría la gran industria discográfica. Tal vez de ahí su gran gusto por los discos. A través del impulso de grabar lo que cada uno quisiera proponer, La Distritofónica se fue consolidando como una plataforma para el surgimiento de nuevas músicas. También en 2005 se publicó bajo este sello el primer disco de Ricardo Gallo Cuarteto, Los cerros testigos, y el álbum Tengo amores con la gaita de Sones de Guariamaco. En 2006 la producción se duplicó: aparecieron Tumbacatre, del grupo homónimo; Habichuela, segundo disco de Asdrúbal; El advenimiento del castillo mujer, de Meridian Brothers, y Pingueria, segundo disco de Primero mi tía. Y aunque las dos primeras bandas del Colectivo (Asdrúbal y Primero mi tía) no continuaron, el catálogo ha seguido creciendo y suma hoy 30 títulos publicados, más los que ya están grabados y aguardan lanzamiento.

Pero La Distritofónica no es un sello disquero: en su nombre se publican los trabajos que al menos uno de sus miembros quieran sacar a la luz bajo esta 'marca', sí, pero no solo a grabar discos se dedican ellos. Está por ejemplo Jipiyam y Raspacanilla, que siendo más una comparsa que una banda, lanzó en 2008 un disco homónimo. Esta agrupación, conformada en 2003 bajo el liderazgo de Javier Morales e Iván Zapata, reúne a músicos y a otros artistas interesados en difundir temas de bandas bogotanas a través de la expresión callejera del teatro y de la danza. Al comienzo, Jipiyam y Raspacanilla hacía versiones de temas distritofónicos, pero luego los hizo también de La 33, Curupira, Mojarra Eléctrica, entre otras agrupaciones de la llamada “nueva música bogotana” o “música típica bogotana”. Este proyecto es único en la ciudad y además de fomentar el espacio público del carnaval, tiene la virtud de reunir a artistas de muchas localidades de la capital, algo que, desafortunadamente, pocas veces ocurre en nuestro contexto. (Se reúnen a ensayar y a festejar la calle los domingos por la mañana, diagonal al Planetario Distrital). Otros trabajos asociados al Colectivo son, por ejemplo, las colaboraciones de Alejandro Forero y de Eblis Álvarez con trabajos de animación; las sesiones de improvisación que Jorge Sepúlveda grabó en Matik-Matik con su proyecto Aleatorio, y por supuesto, el Festival Distritofónico.

En la página de La Distritofónica, diseñada y sostenida por Alejandro Forero, pueden consultarse todos estos materiales de manera gratuita así como la mayor parte de su catálogo (aun cuando no se hayan vendido todas las existencias de los discos). Esta dinámica de difusión deja ver un cambio muy significativo en la expectativa del éxito que se le atribuye al arte en términos de venta. Gracias a esta apertura, los distintos proyectos del Colectivo han alcanzado un público que de otro modo no habría llegado a estas músicas, debido a que los circuitos de música en vivo siguen siendo muy pequeños para una ciudad como Bogotá, pese al notable crecimiento de los mismos en los últimos años.

La apuesta de La Distritofónica, entonces, no es la de vender primero para ser reconocidos, sino primero ser escuchados y por esa vía llegar a quienes quieran comprar, asistir a los conciertos o invitar a festivales, a toques, a entrevistas, a talleres o a grabar. O tal vez no se trata de una vía, en la medida en que la vida del Colectivo no ha estado marcada por meta alguna. Más bien, se trata de que el sentido del Colectivo está dado por la música en sí misma: no al servicio de un interés comercial, de un mensaje previo o de un género definido, tampoco de un destino preestablecido como la fama, sino la música en virtud del puro placer de hacerla. Primero crear, entonces, fieles a su propio impulso, y todo lo demás será bienvenido.

Fuente: www.ladistritofonica.com
Esta decisión por un proyecto de vida en el que siempre haya nuevas cosas por proponer, sin el derrotero de las afamadas metas, expresa una sana disidencia de las dinámicas comerciales pues libera al impulso creador de la presión monetaria. Y además, privilegia un sentido primitivo en la obra de arte: el encuentro entre los creadores y su público.

La lógica del colectivo

La obra publicada bajo La Distritofónica no es el resultado de una curaduría ni de ningún tipo de aval concertado. Hace años que los distritofónicos entendieron que también de la lógica de las reuniones, los comités y el consenso era necesario desistir. Después de todo, no solo los unía la amistad, sino también una mutua confianza en las virtudes profesionales de cada uno. Así, su decisión fue que el nombre de La Distritofónica respaldara todo proyecto que sus miembros quisieran sacar adelante bajo ese nombre, bien fuera solos, bien fuera convocando a otros distritofónicos, bien fuera llamando a otros músicos y artistas. Y respaldarlo sin consultas, sin permisos, sin votaciones.

En este sentido, puede entenderse que La Distritofónica es también una estrategia de visibilidad que les permite a sus miembros ser asociados con una estética y una trayectoria compartidas, reticentes a caer bajo una sola descripción, pero en definitiva marcadas por el deseo de experimentar; por la continua exploración que en un principio nadie más habría de respaldar. El Colectivo es, en este sentido, una plataforma de apoyo para músicos que quieren ver sus nombres asociados entre sí.

Esto explica por qué La Distritofónica es un colectivo cerrado. Algunos le llaman rosca, juicio que a ellos no les inquieta en lo más mínimo, pues en estos diez años han comprobado que si hay una rosca que continuamente está ofreciendo propuestas, quienes se sientan por fuera se verán forzados a crear la suya propia. Es así como hoy, diez años después, existen los sellos afines independientes Festina Lente Discos, que ha publicado ya 20 trabajos locales; Matik-Matik (que no solo es bar, también es sello) y Sonalero, ambos también con su propio catálogo. Además, se han abierto las alianzas MDF (Matik-Distritofónica-Festina Lente) y MSF (Matik-Sonalero-Festina Lente) para nuevas publicaciones. Así, en lugar de una rosca, La Distritofónica es más bien un epicentro de propuestas, que sin duda es un referente de lo que podría verse hoy por hoy como una sonoridad bogotana.

El camino del tunjo

Si mencionamos la idea de una sonoridad bogotana a propósito del aniversario de La Distritofónica, es porque vemos que en las propuestas de sus miembros y en los proyectos musicales a los que ellos pertenecen confluyen cambios significativos para la historia de la música en Bogotá, en relación con décadas anteriores. Y no es que hayan sido los primeros, con Curupira, en buscar sus tradiciones, pero hasta donde las escasas grabaciones nos dejan saber, solo como parte de este 'movimiento' de la última década empiezan a verse instrumentos campesinos interpretados por músicos formados en la academia, en el mismo rol protagónico de los instrumentos de la tradición occidental. La influencia ha sido tal, que hoy es común ver en las facultades de música a jóvenes con instrumentos tradicionales. “Si tú aprendes a tocar jazz, si tú aprendes a tocar un violín o una obra de Bach, que está lejísimos, ¿por qué no vas a poder hacer lo mismo con estos ritmos? Es una cuestión de interés y de amor por lo que vas a hacer”, señala Urián Sarmiento a propósito de este cambio.

En este sentido, la imagen que caracteriza al Colectivo, un tunjo con audífonos diseñado por David González, expresaría esa curiosidad permanente de los distritofónicos por conocer y dialogar con tradicionales musicales que aún se mantienen vivas. Un diálogo también con los ritmos y las melodías que crecimos escuchando al pertenecer a un país de continuas migraciones internas y de una vasta multiculturalidad. El tunjo es entonces una imagen de la decisión de prestarle oído a las sonoridades cercanas en la geografía y arraigadas en el lejano pasado en común. Un tunjo que además escucha a través de un dispositivo contemporáneo, por el que esta generación recibió la influencia de los sonidos que en la segunda mitad del siglo XX dieron forma a la música popular.

La Distritofónica pertenece a un movimiento que, a los ojos de Forero, es apenas natural: Colombia estaba en mora de reconocer sus músicas tradicionales y apropiárselas, como ya ha ocurrido en Brasil, en Cuba, en Perú o en Argentina. Y si bien no todos sus proyectos se definen por una exploración de dichas músicas, lo que sí tienen en común todos ellos es un constante ánimo de aventura y la determinación de zafarse de las etiquetas, de olvidarse de los límites con los que pretende encasillar la categoría 'género'. Por eso, muchos de los géneros que se inventan para definir sus álbumes vienen a ser más un juego o incluso una broma, que un compromiso estético.

La Distritofónica nace de “las ansias de hacer lo que uno quiera como uno quiera hacerlo”, comenta Mange Valencia. En este sentido, puede entendérsele también una plataforma de creación. En otras palabras, puede mirarse La Distritofónica como un espacio que en virtud de ser este colectivo (este nombre, este tipo de proyectos), les ha permitido a sus miembros sostenerse durante diez años creando, tocando y grabando toda la música que les ha provocado hacer. Y así mismo crear los circuitos para la difusión de estas músicas. Esta permanencia es para Forero el principal logro del Colectivo.

Otro gran logro viene a ser el Festival, no solo por su continuidad sino también por su enorme crecimiento. La logística y el cubrimiento que deja ver este año supera, con mucho, el cartel de su primera versión, conformado solo por bandas del Colectivo. E incluso, pinta aun más atractivo que el del año pasado, por la notable diversidad en su programación. En efecto, el Festival que vivirá Bogotá en estos días confirma por qué es único en cuanto a la apertura que promueve: libre de las complacientes etiquetas, el Distritofónico presentará proyectos legendarios de universos aparentemente tan distantes como el de John Medeski y la Chirimía del Río Napi. “Un festival como en el que uno quisiera ir a tocar”, puntualiza Forero, acaso celebrando que también él estará este año en tarima con Asdrúbal, dicho sea de paso, una gran oportunidad para recordar o descubrir una descarga muy bogotana.

Fuente: www.festivaldistritofonico.com

De este modo, sin convertirse en fundación ni empresa, La Distritofónica muestra que no tener metas no significa no alcanzar logros. Diez años después de haber nacido, su trayectoria les confirma que ese lenguaje de los objetivos tiende a afectar los proyectos más que a favorecerlos. Por eso si hubiera que situar algún punto específico en su horizonte como colectivo, sería simplemente la convicción de que la necesidad que tiene cada uno de sus miembros de persistir en las búsquedas de la creación y dedicar su vida a ello estará siempre viva.

Fuente: Archivo personal. María Angélica Valencia
Escaparon al aura del rock, de la academia y del folclor, o de los compromisos que tal aura puede implicar, pero estas sonoridades siguen nutriéndolos a través de su vida en la capital. Los distritofónicos hoy están vinculados a la formación y a la academia en Bogotá: son ahora algunos de los maestros y profesores que los estudiantes de música van a escuchar en los bares dedicados a la música en vivo. Y es en este contexto donde el proyecto de creación musical que es La Distritofónica parece jalonar la vanguardia musical en la ciudad, no solo desde su afición post-noventera por la grabación de discos, sino también desde la obstinación por crear música original con todas las libertades.

1 comentario:

  1. Aquí les va uno: grandes y gratas felicitaciones por mantenerse en la onda musical Urbanishi-bands
    DISTRITOFÓNICA desde la Candelaria (centro) cuna del movimiento BOGOTANO, gran saludo a mi primo Javier Morales ¿por donde andará ese cachifo !hala mi chino¡?

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